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Desastre en los Alpes
 

Desastre en los Alpes

Lane Wallace / Traducción: Mar Sáiz
Miles de personas acuden a los Alpes cada año para recorrer rutas de alta montaña, alojándose en una serie de refugios con todas las comodidades, donde se sirve vino y comidas calientes. En la primavera de 2018, un grupo de experimentados esquiadores y su guía quedaron atrapados en una tormenta por la noche, que les sorprendió en un collado desprotegido. Por la mañana, casi todos estaban muertos o a punto de hacerlo.

Haute Route

A las 6:30 a.m. del domingo 29 de abril de 2018, un grupo de diez esquiadores partió de un refugio de montaña aislado a más de 2.700 metros en los Alpes suizos. Situado en la cima de una colina rocosa rodeada de imponentes picos y laderas de montaña, el refugio Dix es un peculiar edificio de piedra de tres pisos con una bonita terraza orientada al sur. Es una parada muy popular entre los esquiadores que atraviesan los Alpes en excursiones de varios días, que combinan el esquí de travesía con un sorprendente nivel de comodidad durante la noche.

Apenas estaba amaneciendo cuando el grupo ya se estaba colocando los esquís y se dirigía a la Cabane des Vignettes, otro refugio alpino, a unas seis horas de distancia, al que se llega atravesado terrenos alpinos llenos de glaciares, collados, picos y magníficas laderas de nieve virgen. Era el cuarto día de un tour de seis jornadas entre Chamonix, Francia, y Zermatt, Suiza.

El esquí de montaña ha sido un deporte popular en los Alpes durante mucho tiempo. La Haute Route, como a veces se llama el cruce Chamonix-Zermatt, se esquió por primera vez en 1911, y continúa siendo la más icónica de las rutas turísticas de la región. Como dijo un guía de montaña suizo, "Casi cualquier esquiador de montaña, un día u otro, quiere hacer la Haute Route al menos una vez en su vida".

Como resultado de su popularidad, ese grupo de diez esquiadores era sólo uno de los muchos en la cabaña Dix esa mañana, que puede acomodar hasta 120 huéspedes a la vez. En total, unos 2.000 esquiadores recorren la Haute Route cada año en una temporada que comienza a principios de marzo y llega, si las condiciones lo permiten, hasta bien entrado mayo. Los Alpes, a diferencia de la mayoría de las zonas de esquí de montaña en América del Norte, son fácilmente accesibles. En 20 minutos de paseo, el telecabina, que sale desde numerosos estacionamientos de la ciudad, te deposita directamente en rutas de tan altas como los 3.600 metros. Los esquiadores cuentan con el apoyo de una amplia red internacional de refugios alpinos con todos los servicios, como el Dix y Vignettes. Además de proporcionar literas de grupo con calefacción, colchones y almohadas, los refugios ofrecen comidas calientes, vino, cerveza y conexión a internet. La mayoría suministra incluso zapatillas de plástico para los huéspedes.

Durante mucho tiempo, la hospitalidad proporcionada por los refugios ha sido parte de la experiencia y la tradición alpina. Pero todavía aumenta más el atractivo y la popularidad de los tours el hecho de tener un cómodo alojamiento durante la noche, y que el fácil acceso haga que incluso un recorrido de 180 kilómetros como la ruta Chamonix-Zermatt, sea posible de realizar en unas vacaciones de seis o siete días. Y mientras que algunos esquiadores optan por organizar ellos mismos sus viajes, la logística involucrada en conseguir espacio en los refugios siempre llenos de gente, así como los peligros inherentes en el esquí de travesía en alta montaña, llevan a muchas personas a contratar guías de montaña entrenados que les ayuden a planificar, y les acompañen.

Un grupo experimentado

Un grupo experimentado "El guía que lideraba el grupo también tenía un impresionante currículum de montaña"

El grupo de Dix no fue una excepción. Se trataba de ocho clientes, todos entusiastas de la montaña y con mucha experiencia esquiando, dirigidos por un guía de montaña profesional y su esposa.

Uno de los esquiadores era Tommaso Piccioli, un arquitecto de 50 años de Milán, Italia, que comenzó a esquiar en 1990 y había sido miembro del Alpine Club de Milán durante más de 20 años. Durante ese tiempo, había organizado numerosas excursiones de esquí, viajes en canoa, expediciones de ciclismo de montaña, y excursiones de senderismo para él y su entorno, en Europa y Australia. A Piccioli le acompañaban tres amigos del Club Alpino Bolzano de Italia, donde había asistido a varios cursos de montaña en los últimos dos años. Elisabetta Paolucci, una profesora italiana de 44 años, que comenzó el esquí de travesía con su padre cuando todavía era una niña, y recientemente se había tomado un año sabático para navegar y para disfrutar de aventuras de montaña. Marcello Alberti y su esposa, Gabriella Bernardi, también eran escaladores y esquiadores experimentados. "Normalmente organizamos los viajes nosotros mismos", explica Piccioli. "Pero esta vez, debido a la logística, ya que no es fácil reservar en los refugios, tenemos un guía".

También dentro del grupo iba Francesca Von Felten, que era miembro del Club Alpino de Parma y, como los otros, una escaladora y una esquiadora experimentada. Había ascendido el Aconcagua, el pico más alto de América del Sur, el año anterior. Además, estaba Andrea Grigioni, una enfermera de 45 años de un pequeño pueblo al noroeste de Milán; un hombre de 72 años de Ticino, Suiza, a quien Piccioli describe como "un hombre muy fuerte"; una mujer alemana de Múnich; y la esposa de 52 años del guía, Kalina Damyanova. Además de a sus amigos, Piccioli no conocía a ninguno de ellos, pero sí dijo que después de los primeros dos días del viaje, “se podía ver que tenían experiencia. Todos estábamos al mismo nivel".

El guía que lideraba el grupo también tenía un impresionante currículum de montaña. Mario Castiglioni era un veterano alpinista de 59 años de Como, Italia, que en 1992 fundó su propia empresa de guía, MLG Mountain Guide, con sede en Chiasso, Suiza. Había coronado cuatro de las Siete Cumbres, tres picos de 8.000 metros en el Himalaya, y una serie de importantes montañas y rutas alrededor del mundo. Esa experiencia, y el hecho de que Castiglioni fuera un hablante nativo italiano, fue determinante para que el grupo de Piccioli seleccionará MLG Mountain Guide para el tour.

Inicialmente, el grupo había planeado viajar de Dix a refugio llamado Nacamuli, pero el pronóstico decía que venía mal tiempo. Así que Castiglioni les explicó que cambiaba su destino a Vignettes, lo que acortaría el recorrido del día en unas 2,5 horas. "La noche anterior, fui a comprobar el clima", dice Piccioli. "Hablé con algunas personas allí, y dijeron que venía un vendabal y que se trataba de algo serio. Sin embargo, después el día comenzó con un clima bastante agradable”. El grupo se abrochó las mochilas. Iban cargadas con ropa y equipo de repuesto, aperitivos, agua y pequeños termos de té caliente. Revisaron sus fijaciones y salieron de la terraza de piedra de la cabaña, hacia la nieve.

Nada de qué preocuparse

Descendieron de Dix hacia el sureste, cruzaron el glaciar Cheilon, y comenzaron el largo ascenso de cuatro a cinco horas hasta el Pigne d'Arolla, un pico de 3.795 metros. El más alto de la Haute Route, y desde donde se ven unas vistas panorámicas impresionantes cuando el tiempo es bueno. Desde allí normalmente se trata de un descenso de 30 a 60 minutos hasta la Cabane des Vignettes, que se encuentra en una impresionante pero expuesta cordillera a 3.156 metros. Saliendo a las 6:30 a.m., los esquiadores deberían haber estado en el siguiente refugio a tiempo para un almuerzo tardío. Nunca lo lograron.

A la mañana siguiente, un pequeño grupo de esquiadores que salían de la cabaña de Vignettes escuchó un grito de ayuda que provenía de un afloramiento rocoso a poco más de 500 metros de distancia. En 15 minutos, un rescate masivo estaba en marcha. Pero para la mayoría del grupo, era demasiado tarde. De los diez esquiadores, uno ya estaba muerto, y seis más morirían de hipotermia a los dos días siguientes. Entre las víctimas mortales estaría el guía y su esposa.

¿Cómo pudo un grupo tan experimentado, con un guía profesional, meterse en tales problemas? Debido a que muchos del grupo murieron, incluido el propio guía, algunas de las respuestas nunca se conocerán. Pero hay suficientes piezas para reconstruir, al menos, un importante relato de prevención. La ruta desde la cabaña Dix hasta la Cabane des Vignettes es "una gran subida, y luego un gran descenso", según Dale Remsberg, director técnico de la American Mountain Guides Association. Ha guiado personalmente la Haute Route en numerosas ocasiones. "También es el punto donde se llega a la mayor altitud de la Haute Route, y es el tramo que está más expuesto al clima". Desde el glaciar Cheilon, el ascenso hacia el Pigne d'Arolla es un esfuerzo constante cuesta arriba, incluyendo una sección cerca de la parte superior, que es más empinada que el resto. El descenso a l refugio Vignettes, dijo Miles Smart, un guía entrenado por Estados Unidos, y que ha trabajado en los Alpes durante 15 años, "es en realidad bastante sencillo con buenas condiciones. Pero si alguien es sorprendido ahí por el mal tiempo, hay que tomar decisiones críticas de ruta, porque un camino equivocado podría potencialmente llevarte a caer por un precipicio”.

Lo que hace que el descenso sea complicado, explica Remsberg, es que tras unos 610 metros por la pendiente, se llega a un punto donde "tienes que encontrar un pequeño pasadizo a través de las rocas, que está marcado por un gran hito, una gran pila de rocas que la gente pone allí como una forma de marcar ese punto. Se trata de un pasaje sólo de unos 3 metros de ancho. Así que es un objetivo muy, muy pequeño para dar en el blanco. Y si tienes poca visibilidad, es un lugar muy, muy difícil de encontrar". Una vez que un esquiador lo localiza, dice, "esquías por debajo de esta caída de hielo, y directo al refugio". Al acercarse a ese pasadizo, el refugio está a la izquierda y, dice Remsberg, "la línea de caída quiere llevarte a la izquierda". Pero si un esquiador siguiera la línea de caída le llevaría al precipicio. Una vez más, nada de eso es demasiado difícil de manejar cuando el clima y la visibilidad son buenos. Pero las condiciones en las que el grupo de esquí condenado se encontró luchando, estaban muy lejos de ser buenas. Además, la climatología empeoró mucho antes de llegar a este cruce crítico.

Durante las primeras tres horas del día, el grupo se dirigió cuesta arriba con el cielo parcialmente nublado. Había un poco de viento, pero "nada de qué preocuparse", recuerda Piccioli. A eso de las 10 a.m., sin embargo, a medida que ya alcanzaban altura en las laderas, las condiciones comenzaron rápidamente a empeorar. El cielo se nubló, el viento aumentó, y la visibilidad cayó a casi cero debido a la niebla y la nieve ligera. Y sin embargo, el grupo continuó subiendo, dejándose la piel hacia la cumbre, durante una o dos horas.

Teléfonos y gps

Teléfonos y gps " Ya sea debido a la nieve fría o húmeda, el teléfono móvil del guía y los teléfonos de todos los demás clientes también habían dejado de funcionar".

Castiglioni estaba orientándose con la ayuda de su teléfono inteligente, una práctica común entre los guías alpinos. "En un viaje como este, diría que la mayoría de los guías llevan un pequeño GPS Garmin como copia de seguridad, pero utilizan principalmente su teléfono, porque hoy en día funciona muy bien para la navegación con aplicaciones como Gaia", dice Remsberg, refiriéndose a la aplicación móvil basada en GPS, que ofrece mapas programados de senderismo y turismo.

Hay una cobertura de teléfono móvil impecable en la mayor parte de la Haute Route, pero la recepción no es necesaria para que las aplicaciones de navegación funcionen, ya que dependen del GPS. La mayoría de los guías, dice Remsberg, en realidad ponen sus teléfonos en modo avión y apagan todo, excepto la aplicación de navegación si lo necesitan, para ahorrar energía de la batería. Pero las aplicaciones en sí utilizan una gran cantidad de energía, por lo que la mayoría de los guías utilizan por sí acaso una batería secundaria incorporada y, además, llevan otra más grande de respaldo, que puede recargar el teléfono varias veces. También, en circunstancias normales, los guías tienden a sacar sus teléfonos sólo periódicamente para comprobar el progreso de su grupo en una ruta, y luego lo colocan en un bolsillo caliente, porque las temperaturas frías degradan la duración de la batería.No está claro qué precauciones tomó Castiglioni con su teléfono o qué tipo de batería de respaldo tuvo o no. Pero en algún momento de esa sección cuesta arriba, es evidente que hubo un problema con su teléfono o con la aplicación de navegación.

"Estábamos metidos de lleno en la tormenta de nieve y ventisca, y veíamos que él se movía en varias direcciones", dice Piccioli. "Así que, después de algunas vacilaciones, saqué mi GPS." Ya sea debido a la nieve fría o húmeda, el teléfono móvil de Piccioli, y, cree, los teléfonos de todos los demás, también habían dejado de funcionar. Pero además llevaba una unidad GPS Garmin eTrex impermeable. "Pude ver que íbamos por el camino equivocado", dice Piccioli. "Así que le dije al guía: 'Mira, tenemos que ir al otro lado'. Y al principio dijo: 'No, sé adónde ir'. Así que dije: 'Bien, vamos hacia donde tú digas'. Pero luego volvió y dijo: 'Muéstrame tu GPS'".

Los problemas técnicos específicos que Castiglioni experimentó siguen siendo un misterio. Pero una cosa está clara: el fallo del dispositivo, o de la batería, o de la aplicación, fue un factor crítico en la tragedia. Mientras que el GPS de Piccioli continuó trabajando fielmente durante el resto de ese día, estaba cargado sólo con la versión de senderismo de verano de la Houte Route. Y aunque las pistas de verano e invierno de la Haute Route son similares, no son idénticas. "Si el eTrex no tenía las rutas de invierno descargadas, en realidad, lo máximo que podía hacer es localizar su posición en el mapa", dice Remsberg. "Así no era posible encontrar la ruta." Sin embargo, el GPS de Piccioli era la mejor opción que el grupo tenía en ese momento. "Donde nos perdimos, vi una pista en el mapa que terminaba el refugio de Vignettes. Así que decidimos llegar a eso y empezar a seguirlo", dice Piccioli.

El grupo llegó a la zona de la cumbre de Pigne d'Arolla entre las 11:00 a.m. y el mediodía. Pero cuando llegaron a la hondonada de la cima, el viento repuntó y el clima empeoró. Hacía tanto frío y el viento era tan fuerte que decidieron no parar a almorzar. Normalmente, habría sido un corto recorrido de esquí desde la cumbre hasta el refugio de Vignettes. Pero debido al viento, la nieve y la visibilidad limitada (alrededor de dos metros en este punto, según Piccioli), Castiglioni optó en su lugar por hacer que el grupo se quitara los esquís, pusiera crampones en las botas de esquí y caminara hacia abajo. "Si el clima era bastante malo, un guía podría decidir que no tiene sentido estar con los esquís puestos, porque todo el mundo puede alejarse unos de otros demasiado rápido", reconoce Remsberg. "Esa podría ser una técnica que un guía usaría para controlar el grupo y minimizar el riesgo, sin duda".

Tormenta de nieve

Cuando la niebla se echó encima, un grupo de cuatro franceses que habían ido por su cuenta en el mismo sector, se unieron a ellos porque también estaban teniendo problemas para encontrar su camino. Eso significaba que el grupo que descendía desde la cumbre de Pigne d'Arolla ahora estaba formado por 14 personas: Piccioli, tratando de seguir la pista de la Haute Route de verano en su GPS, seguido por Castiglioni y los otros 12 esquiadores. El grupo no se ató los unos a los otros, pero Piccioli dijo que Castiglioni sí se puso una cuerda alrededor de la cintura y dejó que el final de la misma arrastrara en la nieve detrás de él, para que los esquiadores tuvieran una pista que seguir, incluso si no podían verlo. Incluso si el grupo hubiera estado siguiendo la ruta de esquí de invierno, un GPS en esas condiciones de nieve no puede advertir de peligros como grietas o descensos. La tormenta, cada vez más intensa, se sumó al ya considerable factor de riesgo. A medida que los esquiadores iban bajando lentamente en zig-zag desde la cumbre, las ráfagas de viento comenzaron a alcanzar velocidades superiores a 80 kilómetros por hora, la temperatura bajó y la nieve caía más fuerte. "El viento era tan fuerte que sostenía nuestro propio peso”, dice Piccioli. "No podíamos quitarnos los guantes, porque nuestras manos se habrían congelado, y probablemente no podríamos haber vuelto a ponérnoslos". El grupo no podía ver más de unos metros por delante de ellos. Tratar de navegar con la ruta de verano en la nieve les hizo perderse varias veces más. Lo que debería haber sido un viaje de 60 minutos se convirtió en un maratón de resistencia que duró toda la tarde. A última hora del día, una tormenta golpeó la montaña, intensificando la nieve y el viento. Las horas de lucha intentando avanzar, pero retrocediendo a cada paso, contra los vientos aulladores, el frío y la nieve, sin comida ni bebida, drenaron la fuerza del grupo al caer la noche. Y sin embargo, ellos siguieron tenazmente tratando de encontrar la cabaña.

Con retrospectiva, parece increíble que un grupo de esquiadores experimentados continuara durante tantas horas metidos en una tormenta de nieve así, con el viento y las precipitaciones empeorando, en lugar de dar la vuelta o tratar de pedir el rescate. Es, de hecho, algo que el propio Piccioli cuestiona ahora. Pero, explica, una vez que el grupo comenzó el descenso hacia el refugio de Vignettes, que es también cuando las condiciones comenzaron a ponerse realmente mal, seguir hacia adelante parecía la mejor opción posible."Todos estábamos convencidos de que el refugio estaba cerca", explica Piccioli. "Y fue así porque se podía ver, en mi GPS, que lo estaba. Así que dijimos: 'Muy bien. La veremos pronto". Pero lo que los clientes del grupo de Castiglioni no sabían era lo difícil que era la navegación entre su ubicación y el refugio. Debido a la nieve, el viento y la visibilidad mínima, nunca encontraron el hito de piedra o el pasadizo hasta la última cuesta abajo. En cambio, vagaron en vano por encima de ella, cada vez más débiles y débiles hasta que, alrededor de las 8 p.m., cayó la noche. Castiglioni le dijo al grupo que tenían que parar. Era demasiado peligroso seguir en la oscuridad. Sacó un teléfono con satélite e intentó pedir ayuda. Pero, según Piccioli, la batería estaba muerta.

En ese momento, el grupo no tenía otra alternativa que tratar de cavar un refugio para pasar la noche. Pero el lugar donde se habían detenido era un afloramiento rocoso. Para empeorar las cosas, estaban en una ladera orientada al sur, y el viento, que ahora estaba cerca de la fuerza del huracán, venía del sur. "Cavé un pequeño agujero detrás de una roca, pero no había manera de excavar un refugio real, porque no había nieve allí", explicó Piccioli. "El viento rugía muy, muy fuerte. Así que había volado toda la nieve. Todos en el grupo tenían mantas isotérmicas de Mylar en sus mochilas, pero, como dice Piccioli, "eran completamente inútiles debido al viento. Así que ni siquiera saqué la mía, porque tan pronto como lo hiciera, se volaría".

Cabanne des Vignettes

La situación en ese momento era grave. La temperatura estaba bajando, y al grupo le quedaban muy pocas reservas físicas o psicológicas. Piccioli y Castiglioni pusieron a Francesca, Elisabetta y Gabriella en el pequeño espacio que Piccioli había cavado, a pesar de que no era lo suficientemente grande como para protegerlas del viento. Los cuatro esquiadores franceses fueron a buscar o cavar refugio propio, al igual que la esposa de Castiglioni. Piccioli y la mujer alemana encontraron nichos en las rocas cerca de las otras mujeres. El marido de Gabriella, Marcello, el hombre suizo y Castiglioni se acurrucaron en el mejor refugio que pudieran encontrar cerca. Todos en el grupo se acercaban al punto de colapso. Piccioli trató de mantenerse en movimiento y despierto, pero era demasiado esfuerzo. Así que se sentó contra una roca, tratando de minimizar la cantidad de su área corporal en contacto con la nieve. Sabía por cursos y libros de montañismo que había leído, que para sobrevivir, tenía que permanecer despierto y en movimiento. "No son grandes movimientos. Pequeños movimientos, lo suficiente para mantener tu corazón latiendo, y sólo un poco tu cuerpo", explica. "Y también no dormirse, porque eso es peligroso, dormirse. Entonces la hipotermia te atrapa y te vas. Así que me dije: 'En las próximas ocho a diez horas, tengo que moverme. No me puedo dormir". A última hora de la noche, Piccioli revisó a las tres mujeres en el agujero que había cavado, y vio que estaban mal. "Cuando comenzó esa terrible noche, pensé que Gabriella podría morir", recuerda Piccioli. "Ella era bastante débil. Pero honestamente, no pensé que nadie más, aparte de ella, iba a morir". En el momento en que las revisó, sin embargo, las tres mujeres estaban en graves problemas. "Se estaban muriendo", dice Piccioli. Así que fue a Castiglioni y sugirió que el guía fuera a ver si su esposa había encontrado un mejor refugio. Si ella lo hubiera hecho, dijo, los dos podrían ir con sus palas, cavar un agujero más grande y mover a las mujeres allí. "Pero él me dijo: 'Mira, no puedo ver nada'", recuerda Piccioli. "Dijo que sus ojos habían sido dañados por la ventisca. Por el viento. Estaba ciego. No podía ver nada. Eso es lo que me dijo. Unas horas más tarde, dice Piccioli, vio a Castiglioni sentado con la mochila atada a la espalda. Esa fue la última vez que vio u oyó hablar del guía. Cuando los rescatadores llegaron por la mañana, encontraron su cuerpo en el fondo de la pendiente, debajo del afloramiento donde el grupo se había detenido. Piccioli regresó a su refugio y se centró en tratar de mantenerse con vida. Las temperaturas estaban por debajo de la congelación, el viento se acercaba a los 95 kilómetros por hora, y la nieve iba hacia él. "En ese momento", explica, "más que nada, tienes que pensar por ti mismo. Porque tus fuerzas son muy bajas. No cuentas con mucha capacidad mental. Sabía que tenía que seguir moviéndome. Pero al menos dos o tres veces, pensé: '¿Tiene sentido? Es muy difícil. Déjalo”. ¿Qué le impidió ceder? Piccioli se detiene, recordando. "Sabes, en ese instante, realmente no piensas en ti. Es extraño, pero al final, piensas en los demás. Pensé en mi esposa y en mi madre, y dije: 'No puedo hacerles eso. Me gustaría, pero no puedo. Y eso es lo que me salvó". Al amanecer, el viento y la tormenta finalmente disminuyeron. Piccioli había mantenido los ojos cerrados contra el viento. Pero cuando los abrió, el cielo estaba nublado y había una visibilidad decente. Se puso de pie y fue a ver a sus amigos. La mujer alemana estaba viva, sentada cerca de él. Varios de los otros estaban inconscientes. "Fue terrible", recuerda Piccioli. "Toda la gente estaba tirada boca abajo y cubierta de nieve." Miró a través del valle y vio el refugio de Vignettes. Pero también se dio cuenta de que no estaba tan cerca, en términos de esquí, de allí. Sin saber qué hacer a continuación, Piccioli metió la mano en su mochila y sacó su termo de té, que compartió con la mujer alemana. Ninguno de los dos había comido o bebido durante casi 24 horas, y estaban al borde de su resistencia. Mientras bebían el té, la mujer alemana vio de repente esquiadores debajo de ellos. "Así que me levanté", dice Piccioli, "y grité: '¡Ayuda! ¡Ayuda! ¡Ayuda! Y los esquiadores se detuvieron. Se reunieron y pude ver que me oyeron. Y luego, después de 15 minutos, llegó el helicóptero."

El fin de semana de esa tormenta, un total de 16 personas murieron en los Alpes. Además de los siete que fallecieron cerca del refugio de Vignettes, dos escaladores suizos, de 21 y 22 años, quedaron atrapados en la tormenta y murieron de hipotermia en la región bernesa, al igual que una mujer rusa que estaba haciendo snowboard en Monte Rosa en Italia. Dos franceses, uno un escalador y otro un montañero, perdieron la vida en avalanchas separadas, uno cerca del Mont Blanc, en Francia, y el otro en el cantón suizo de Valais. Otros cuatro murieron en los glaciares. Enrico Frescura, de 30 años, y Alessandro Marengon, de 28 años, ambos voluntarios del Rescate de la Montaña Dolomita en Italia, resbalaron en la etapa final de un ascenso en Monte Antelao en Italia y no sobrevivieron. Otros dos esquiadores murieron en casos separados después de caer en grietas.

Los accidentes o sucesos que provocan múltiples muertes en los Alpes son sobradamente conocidos. En 1970, un total de 113 personas murieron en una avalancha y un deslizamiento de tierra, con sólo dos meses de diferencia. En 1999, 12 personas fallecieron en una avalancha cerca de Chamonix. En 2008, ocho personas perdieron la vida en una sola avalancha en el Mont Blanc. En 2015, dos avalanchas separadas se llevaron por delante a 12 esquiadores y siete escaladores, respectivamente, en el lapso de sólo cinco meses y medio. Pero las muertes grupales por hipotermia, congelación o exposición son más raras. Y lo que hace que el accidente de Pigne d'Arolla sea particularmente desconcertante y trágico, es que realmente no debería haber ocurrido.

Anjan Truffer, jefe de rescate de montaña de Air Zermatt, la compañía que trabajó con Air Glacier para rescatar al grupo cerca del refugio de Vignettes, utilizando siete helicópteros, dijo que aunque su compañía realiza entre 180 y 200 rescates a gran altitud cada año, "no es común" que un accidente de este tipo ocurra en la Haute Route. "Esos caminos están bien transitados, y normalmente hay muchos guías en esos senderos", dijo Truffer. "Técnicamente, no es una cosa muy, muy difícil de hacer."

Es más, aunque la tormenta que azotó los Alpes ese fin de semana fue severa, no se trató de algo repentino ni inesperado. Miles Smart estaba guiando a un grupo de esquí a lo largo de la misma pista de Haute Route que el grupo de Castiglioni estaba siguiendo, sólo 24 horas por delante de ellos. En la mañana del 29 de abril, Smart y sus clientes estaban en el refugio de Vignettes. "Estábamos en un patrón climático conocido como el viento de Foehn", explica, "que es un fenómeno meteorológico del viento del sur en el principal paseo alpino de los Alpes. Y es especialmente fuerte, normalmente desde el Pigne d'Arolla hasta Zermatt. Así que estuvimos viendo esas condiciones toda la semana. Y estábamos bastante seguros de que no íbamos a ser capaces de hacer nada de mucha altitud ese día". Cuando Smart y su grupo se despertaron la mañana en la que la tormenta azotó, las condiciones reales en el refugio de Vignettes eran igual de severas, sino peores, de lo que el pronóstico había avanzado. "El día estaba muy, muy ventoso", dice. "Y había muy poca visibilidad. Probablemente se concentraban unos cinco o seis grupos guiados en el refugio esa mañana. Entre todos los profesionales, -guías estadounidenses, guías suizos-, ni siquiera fue necesaria una conversación. Todos opinábamos lo mismo. En lugar de tratar de ir a Zermatt, elegimos simplemente descender. Hay una ruta bastante fácil desde el refugio de Vignettes hasta el pueblo de Arolla. Salimos a eso de las 7 a.m., y llegamos abajo unos 45 minutos después".

Incluso tan temprano, sin embargo, los vientos eran lo suficientemente fuertes como para que los guías tuvieran que ayudar individualmente a cada cliente a desplazarse de forma segura desde el refugio hasta un punto en el lado sotavento de la cadena montañosa, donde podían ponerse sus esquís y comenzar el descenso. Así que incluso cuando el grupo de Castiglioni se preparaba para salir del refugio de Dix, la tormenta ya era "extrema", en palabras de Smart, en Vignettes. Más allá del hecho de que las previsiones meteorológicas que Smart había estado siguiendo toda la semana habrían estado disponibles para cualquier guía, los refugios también están conectados por teléfono. Así que una simple llamada antes de que el grupo partiera Dix habría revelado lo mal que el tiempo ya estaba en su destino.

Chamonix-Zermatt

Toma de decisiones

Además de obtener esa información meteorológica, habría sido común, aunque no es necesario, que un guía llame con anticipación si un grupo planeaba desviarse de su itinerario planeado (en el caso de Castiglioni, de Nacamuli al refugio Vignettes), para asegurarse de que había espacio para el grupo en el destino alternativo. Pero Piccioli dice que la policía provincial que investiga el accidente le dijo que los guardas de Vignettes nunca recibieron una llamada telefónica preguntando sobre el clima o alertándoles de que el grupo iría ese día. De hecho, es difícil imaginar que el grupo saliera si Castiglioni hubiera hablado con alguien en el refugio de Vignettes. Además, había alternativas a la ruta alta que el grupo tomó sobre la cumbre de Pigne d'Arolla. Desde el refugio Dix, es posible descender y seguir una ruta baja en el lado norte de la montaña, cerca del pueblo de Arolla, y, o bien pasar la noche en el pueblo, o colocar las pieles en los esquís y hacer la misma pendiente que el grupo de Smart, hasta el refugio Vignettes. Otra opción, según Smart, habría sido salir y ver cómo eran las condiciones, y luego dar la vuelta si el clima comenzaba a ponerse mal.

También es un misterio por qué Castiglioni al menos parecía tener un solo teléfono móvil para la navegación. "Creo que confiar solamente en el móvil es algo que puede ser letal”, dice Truffer, "Se quedan sin batería tan rápido cuando hace frío y viento... Es necesario tener un GPS real, adecuado”. Una vez más, algunos guías se basan principalmente en teléfonos inteligentes para la navegación, pero, como Remsberg señaló, por lo general se aseguran de que tienen algún tipo de alternativa. Dadas las diversas opciones disponibles para el grupo, y el hecho de que la tormenta no estaba sólo prevista, sino que ya había llegado a Vignettes temprano esa mañana, y que esa información estaba fácilmente disponible en la cabaña Dix, Remsberg llegó a la conclusión de que, en el mejor de los casos, "es difícil entender" cómo Castiglioni tomó las decisiones que tomó ese día. Al mismo tiempo, es desconcertante que un grupo de esquiadores experimentados no cuestionaran esas decisiones y siguieron a su guía ciegamente hacia la tormenta.

Culturas de montaña

Nadie sabrá exactamente lo que estaba pasando por la mente de la gente que murió. Pero cómo decisiones como esa llegan a tomarse es algo a lo que la Asociación Americana de Guías de Montaña, que capacita y certifica a guías profesionales en los Estados Unidos, y la IFMGA, su equivalente europeo, han estado prestando más atención en los últimos años. Y varios factores, sin duda, jugaron en la trágica ecuación sobre el Pigne d'Arolla.

Nos centramos mucho en [los factores humanos] de los guías estadounidense, más de lo que solíamos hacer", dice Remsberg, especialmente en las suposiciones heurísticas, o trampas mentales, en las que tanto los guías como los clientes pueden caer. Una de las mayores trampas que influye en los accidentes en los Alpes, dice, es la de la complacencia, debido al acceso rápido, y el increíble sistema de refugios. "Es fácil sentirse más protegido debido a la infraestructura", explica Remsberg. "Puedes llegar al terreno más fácilmente en los Alpes, por lo que parece más seguro." No lo es, por supuesto. Más de 150 personas mueren ahí cada año. Ese espejismo tiene numerosas consecuencias. Una de ellas es que tanto los clientes como los guías europeos pueden pensar que no necesitan tanta información o redundancia de equipos para estar seguros. "No es que [los europeos] no quieran información. Es que la cultura de las montañas en Europa y la infraestructura de apoyo en los Alpes crean un entorno que les hace sentir que no necesitan tanto de ella", dice Remsberg. En los Estados Unidos, por el contrario, los guías y los clientes tienen que ser más autosuficientes, llevando no sólo tiendas de campaña, lonas de rescate y suministros, sino también más equipos de supervivencia, comunicación y navegación. Como resultado, los guías de los Estados Unidos también tienden a ser mejores o se centran más en la comunicación con sus clientes, desde compartir mapas, el clima y los planes de navegación hasta los peligros y las razones detrás de las decisiones de ir y no ir. "Los guías estadounidenses se centran en dar una gran cantidad de información, en general", reconoce Smart. "Es algo por lo que somos conocidos."

Obviamente, los guías individuales diferirán en lo bien que se comunican con sus clientes. Pero una de las razones por las que Piccioli dice que su grupo no cuestionó las decisiones ese día fue porque no tenían idea de cuál era el plan o a dónde les iba a llevar su ruta. "Hubo muy poca charla y ninguna reunión informativa del guía", dice Piccioli. "Y creo que en un viaje como este deberías informar a tu grupo de dónde se va, qué van a hacer exactamente. Si hubiera sabido que había un estrecho pasaje que teníamos que encontrar para llegar a la cabaña, habría dicho: 'De ninguna manera vamos a seguir'".

Culturas de montaña ""No es que los europeos no quieran información. Es que la cultura de las montañas en Europa y la infraestructura de apoyo en los Alpes crean un entorno que les hace sentir que no necesitan tanto de ella"

La complacencia también puede influir en la preparación y la toma de decisiones de un guía. Podría ser que, en comparación con algunas de las expediciones más grandes de las que Castiglioni había sido parte, la relativa "facilidad" de la Haute Route hizo que llevara equipos de navegación y comunicación sin otras alternativas. Además, quizá por siguió presionando para seguir incluso cuando el clima se deterioró. Ciertamente Piccioli reconoce que él y sus amigos, "subestimaban la gravedad de la situación".

El grupo también parece haber caído en una trampa conocida como el halo experto. Por su cuenta, los ocho esquiadores tenían la experiencia suficiente para comprobar el clima, investigar la ruta y cuestionar la decisión de salir en primer lugar. Pero como habían contratado a un guía experto, le entregaron la toma de decisiones. "Hicimos el viaje, no la planificación. Se suponía que él se encargaba de planearlo", dice Piccioli. "Y esto probablemente fue una debilidad de nuestra parte. Cuando tú lo organizar realmente te importan cosas como los mapas y el clima. Pero una vez que tienes un guía...", su voz se desvanece y suspira. "Nadie dijo nada porque, probablemente, todos confiaban en él. Incluyéndome a mí. Todos confiaron en él y dijeron: 'Bien, sólo lo seguiremos'".

Esa es quizás la mayor moraleja de la tragedia. "Si tengo algo mal y voy al médico, no sólo confío ciegamente en que estén tomando todas las decisiones correctas", dice Remsberg. "Y creo que la gente debería acercarse a las montañas de esa manera, incluso si contratan un guía para salir. Animo a la gente a no entregar inconscientemente toda la responsabilidad al guía, sino a ser un miembro del equipo en el entorno en el que se está, y abordarlo de esa manera". Para Piccioli, sin embargo, la respuesta es más simple. A partir de ahora, dice, se asegurará de estar a cargo de toda la planificación, del equipo y de la toma de decisiones en cualquier aventura futura. "Estoy seguro de que hay muchos guías geniales por ahí", dice. "Pero voy organizarlo yo mismo."