×
Erhard Loretan, silencio en el silencio
 

Erhard Loretan, silencio en el silencio

2020-01-10
El suizo Erhard Loretan fue mucho más que “el tercero de los catorce”, es decir, el tercer ser humano en completar las catorce cimas principales superiores a los 8.000 metros de la Tierra. Como alpinista y también como ser humano Loretan poseía una acusadísima fortaleza mental y una inteligencia instintiva para sortear el peligro y sobrellevar la tragedia, además de una lucidez muy creativa sobre el arte de escalar montañas en la época que le tocó protagonizar. Amante de su soledad y de su libertad, desdeñó a los medios y a los patrocinadores cuando le quisieron presionar. Su último mensaje fue de gratitud hacia las montañas que le habían otorgado cuatro décadas de sufrimiento y felicidad. Fallecido en 2011 por una caída en sus Alpes natales, se echa de menos la vehemencia de sus piolets.
Por Juanjo Zorrilla

Uno de los mejores alpinistas del siglo XX

“Tengo la impresión de que Erhard es eterno. No puede morir en la montaña. No cometerá un error fatal” dijo Nicole Niquille, su primera mujer y también la inaugural guía de montaña suiza —fatalidades de la vida—, postrada en una silla de ruedas por una piedra mientras recogía setas. Sin embargo, pese a este vaticinio, las revistas del sector al completo se hicieron eco de que Erhard Loretan, el tercer hombre en conseguir los catorce ochomiles —en un ya remoto 1995—, el hombre que había ascendido la cara norte del Everest y descendido luego sobre la culera en menos de 35 horas, como un paréntesis fuera del tiempo, desencordado y junto a su amigo Jean Troillet en 1986, pero también con una proyección humana y deportiva superior incluso a estas hazañas escalofriantes, había perdido la vida guiando a un cliente en un modesto cuatromil, el Gross-Grünhorn, en los esbeltos Alpes Berneses. Justo el día que cumplía 52 años. Jueves. Sí, este friburgués, reservado e incluso tímido, había nacido el 28 de abril de 1959.

Los obituarios de la prensa no especializada, THE WASHINGTON POST, THE NEW YORK TIMES o BBC News, entre otros, a renglón seguido obviaban injustamente la pasión y el coraje que habían alentado su existencia y, sin embargo, se hacían eco de la condena, luego suspendida, a cuatro meses de prisión que en 2003 Erhard había padecido por matar involuntariamente un par de años antes… a su propio hijo, Ewan, un bebé de siete meses de edad, al agitarle unos segundos en sus brazos para que cesara de llorar, víctima de lo que se llama el “síndrome del niño sacudido”, basado en una debilidad aguda de los músculos del cuello. Dijo a la policía que depositó a la criatura en la cama cuando dejó de llorar… Después, llamó a la ambulancia… De horrores así uno no se recupera, sencillamente los carga a cuestas como puede. Eso hizo Loretan, como pudo, entregado a su oficio en las cumbres.

Uno de los mejores alpinistas del siglo XX

Los rugientes ochomiles

No se debe dejar un aura trágica a su figura, la de uno de los alpinistas más audaces sin duda del siglo XX. "Les 8000 ruggisants" (Los rugientes ochomiles), escrito mano a mano con el periodista Jean Ammann, da fe de su vertiginosa odisea vertical. 25.000 ejemplares vendió nada más colocarse en los escaparates, devorado por lectores ansiosos de embeberse de sus récords en la zona de la muerte, como se conoce el área por encima de los 7.000 metros de altitud. En efecto, Loretan era plenamente consciente de que de cada hora pasada por encima de esa cota nadie se recupera sino descendiendo. Como el desgaste es continuo, la solución es pasar el menor tiempo en ella. Eso intentó, y eso hizo: no ser más rápido que nadie, sino nunca parar, marcando con un estilo hiperligero un jalón tras otro, en el clímax de la eficacia y en un diálogo purísimamente comprometido entre el hombre y la cima.

Por ejemplo, justo en su última oportunidad, en un claro entre sucesivas y desesperantes borrascas, Loretan y Troillet afrontaron directamente la vertiente tibetana de la montaña más alta de la Tierra. Sin embargo, no llevaban ni tienda ni sacos de dormir, ni botellas de oxígeno por supuesto. Escalaron de noche hasta el amanecer, vampiros ávidos de altitud. Era una nueva línea imaginaria en un enorme océano blanco, como un tobogán de vértigo hacia el glaciar de Rongbuk, en su base. Aguardaron durante las horas de luz a que nuevamente el mordiente nocturno soldara con hielo las piedras de los muros superiores en el llamado Couloir Hornbein y, nuevamente con las linternas, reemprendieron la escalada. Sobre las dos de la tarde, con sus cámaras pudieron reflejar el espolón oeste del Makalu al fondo, signo indiscutible de haberlo logrado. “No intentamos ascender el Everest en dos días; sencillamente salimos para la cumbre y tuvimos suerte de conseguirla así”, resumió. Esto, dicho por alguien que ha superado en 31 horas los severos 2.800 metros de la vertiente norte del Everest y bajarlos, ¡a qué velocidad!, en 200 ‘celéricos’ minutos, parece una modestia inigualable, o una tomadura de pelo.

Pero es cierto, como cierto es también que quizá tenga aún más mérito la travesía que culminó con Norbert Noppa Joos sobre las tres cumbres de los Annapurnas, en 1984: 7 kilómetros y medio siempre por encima de los 7.300 metros sobre el nivel del mar distante, cabalgando sobre las nubes, más radiantes que nunca bajo un cielo zafiro. Dos vivacs, dos anocheceres inciertos y sendos amaneceres espléndidos, tuvieron que realizar, ni más ni menos que a 7.600 y 8.020 metros de altitud. ¿Se imaginan mayor belleza, pero también mayor peligro? Como “una pequeña locura” la calificó el propio Loretan. No en balde en otra ocasión se había preguntado si “acaso ser alpinista no es la mejor forma de aproximarse al cielo, tanto física como espiritualmente”.

En parecida tónica de uno más uno y tiro porque me toca, de los dos Gasherbrum y del Broad Peak, también ochomiles, había hollado sus cimas en solo 16 días de junio de 1983 con Marcel Rüedi; eran los primeros en conseguir tres cimas de más de 8.000 metros en el transcurso de una misma expedición. Un acto inusitado para unos al fin y al cabo inexpertos del Himalaya; incluso hoy en día es una machada que pocos se atreven a planear siquiera y casi nadie logra.

El año siguiente salió bien distinto: casi en el invierno del Dhaulagiri, empleó cuatro días para recorrer una ruta en sus laderas orientales, a menudo a -50º C: una experiencia “tremenda”, reconocía.

En fin, un tipo este Loretan que tenía marcada como con hierro candente una honestidad con su propio compromiso; si no, ¿a qué regresar al Shisha Pangma solo en 1995, cuando ya había abierto una vía de 2.000 metros en la empinada cara sur del Shisha Pangma Central junto a su entrañable Troillet cinco años antes? Porque esta cima es secundaria y no cuenta para la lista de ochomiles, así de sencillo, y porque cuando finalmente se entra a jugar, hay que aceptar las reglas del juego, sin ambages ni ases en la manga, sean convencionales o absurdas, y aunque la manga sea la de un plumífero.

Por otro lado, desde su primer ochomil en 1982—el Nanga Parbat, la “montaña desnuda” o la “montaña asesina”, como también se le conoce—, hasta el Kangchenjunga de 1995, sólo le acompañaron tres amigos en reiteradas ocasiones: Marcel Rüedi y los citados Joos y Troillet, el más constante. Pierre Morand Pommel en el K2, Pierre-Alain Steiner en el Dhaulagiri y Wojciech Kurtyka en el Cho Oyu también se ataron con el suizo, como queda demostrado, muy leal a la amistad.

A propósito, como homenaje a Steiner, fallecido estando con él en el Cho Oyu en 1986 por las heridas de una caída, a lo largo de una dura tragedia de tres días a la que, con todo, estuvo a punto de sobrevivir, Loretan abrió una nueva ruta en la vertiente suroeste de esta misma montaña con Troillet y Kurtyka en 27 cortas horas de 1990 (y cuatro días después estaba con Troillet en la cima del Shisha, como se ha visto). Para los neófitos, conviene ampliar que “abrir” significa recorrer una pared o una montaña por donde antes ningún ser humano lo ha hecho, lo que incrementa obviamente la incertidumbre, la contingencia y la aventura, por lo cual el azar juega mejores cartas.

Es decir, con Loretan y sus amigos no valían las expediciones pesadas, cuerdas fijas y equipos numerosos, sino una cordada de dos o tres hombres, perfectamente entrenados —también es verdad que, aunque Loretan no fumaba, tampoco desdeñaba una copita— y únicamente con lo que se pueda llevar a la espalda en itinerarios “tan duros, tan altos y tan rápido como sea posible”, tal y como declaró en cierta ocasión rememorando el lema olímpico. Al final, pese a tanta admiración, para él todo consistía en que “éramos jóvenes y nos apasionaba la escalada. Cuanto te apasiona algo, nada de lo que haces supone un sacrificio. Además, nunca creímos que hacíamos cosas increíbles, nos parecía normal”, y sonreía diciéndolo, enseñando sus grandes dientes, recrecidos por un rostro huesudo tallado a puro viento.

De 1982 a 1995 le llevó hollar esas catorce puntas de hielo que se funden con el cielo, donde no existe oxígeno ni se puede vivir más que un puñado de horas inolvidables, robadas a duras penas a la eternidad, a aquel pequeño gran hombre que comenzó de ayudante de su primo, guardés de un refugio, en una modesta montaña suiza. Himalayista consagrado, pues, por ese testimonio de audacia y perseverancia, en 1996 le fue concedida la King Albert Medal of Merit por su distinguida aportación al montañismo. ¿El fin de un ciclo? Más bien, una jornada del camino, porque las ruedas del destino siempre están girando.

Los rugientes ochomiles

El Sísifo sonriente

En esos cielos zafiros donde el aire es tan sutil y silencioso como la rasgadura de la seda, Loretan era el guerrillero que se adentraba en incursiones velocísimas, dominador de los territorios prohibidos, ya se ha dicho. “Aún no era mi hora”, acostumbraba responder cuando se le interrogaba cómo había sobrevivido a las placas de viento, los aludes, las caídas de piedras, las tormentas, la hipoxia, las congelaciones y todo ese cosmos implacable que configura la existencia de una montaña, en realidad —una durísima realidad— solo aparentemente inmóvil. Estos hechos conforman la respiración de las montañas, si se permite dotarlas de ánima, y ánimo es lo que hace falta para acompasar nuestra respiración humana a la suya, mineral y apasionadamente intratable. Loretan era consciente pero también a veces las desmitificaba, casi irreverentemente. “La ascensión del Everest se ha convertido en una cosa banal”, dejó como perla —masificado sí, pero no tan banal, amigo Loretan— sobre el itinerario hoy logrado por centenares de hombres cada temporada y que, aun así, todavía ocupa páginas y más páginas de periódicos de todo el mundo.

Cuando acomete su primer ochomil, el Nanga Parbat por la vertiente de Diamir, un espacio vertical propio de gigantes, pierde a Peter Hiltbrand, compañero suyo de expedición. Al pisar su cima, todavía no sabía que se estaba convirtiendo en un Sísifo, eternamente obligado a empujar una piedra cuesta arriba por una ladera empinada. Sin embargo, la palabra “abandonar” no estaba en su vocabulario. Quizá por eso Pierre Morand dejó de acompañarlo, porque, consciente de su mortalidad, presintió que, si continuaba siguiendo su ritmo infernal, acabaría destrozado al pie de una pared de hielo en alguna montaña de Asia.

Sin embargo, quien no se arriesga no triunfa y el alpinismo implica compromiso, por muchos medios técnicos e intelectuales que se dispongan y por mucha suerte que se tenga. Sí, hay que calcular los riesgos para, parodiando aquella célebre frase, recorrer los máximos peligros con prudencia. Así hizo Loretan, quien, de hecho, manifestó que buscaba el punto de ruptura, la línea de supervivencia en su travesía del Lhotse al Lhotse Shar en 1994, siempre al filo de 8.000 metros, como un juicio divino, una ordalía de hielo y viento alto. Euforia, ansiedad, adrenalina, “la droga de esquivar la muerte”, que decía Erhard. Pero siempre que no hubiera llegado su hora. Alfa y omega, de un solo vistazo desde la cumbre del Lhotse a esos trampolines al vacío y el suizo dio el cerrojazo a una angustia que, casi por única vez en su existencia, le había atenazado desde semanas atrás, puesto el listón demasiado alto. La angustia también es una expresión del instinto de supervivencia. Pero, “aún no era mi hora”. La fe en el destino como ideario perfecto para afrontar “empresas extremadamente comprometidas”, añadía, lo que no significaba ser un suicida o un insensato. Fe y suerte, para cuando el destino viene de cara. Por esta causa, al darse la vuelta y emprender la bajada desde la cumbre, sonreía.

Meses después, en la atmósfera luminosa y terriblemente grandiosa de Antártida, encontró Erhard la paz que le había robado el campo base común del Everest y Lhotse. Hay que fijarse en las fechas. La primera vez que Erhard visita la Antártida es en 1994. Aún debe retornar al desafío del Kang —como se abrevia al Kangchenjunga en el mundillo himalayístico— para redondear sus catorce ochomiles principales. Está harto. Así lo escribió en la revista española DESNIVEL (nº 100, traducción libre): “El espíritu del alpinismo se ha mantenido más o menos puro hasta que un número cada vez mayor de grandes alpinistas ha hecho de la mediatización periodística la motivación de sus proyectos. Actualmente en declive, está entrando en la triste categoría de deportes de masas y de esta manera pierde así su identidad”.

Aunque seguramente no tenía presente la Sinfonía antártica de Vaughan Williams, allí tan solo le consolaría el silbo del viento infinito arrastrado por las interminables laderas antes de chocar con las paredes australes de roca negra de casi tres mil metros de altura, antes de moverle la capucha e introducírsele en los oídos con la certeza de una salvaje e inmarcesible soledad. Heraldo de buena vida, pues; como canta el poema de Shelley que se recrea en los acordes de Williams: “Buena, grande y alegre, hermosa y libre, / es la vida solitaria, la alegría, el imperio y la victoria”.

El Sísifo sonriente

Nuevos horizontes, viejos oficios

Y, ¿qué más puede hacerse cuando ya tu frente ha sido orlada con todos los laureles? Proseguir, más solo que nunca probablemente. Eso hizo, sí. Se fue a varios seismiles del Tíbet en solitario… En 2002 logró la primera ascensión de la arista norte del Pumori. También tras la tragedia de Ewan, intentó en sendas ocasiones la cara norte del Jannu —una de las más abruptas y difíciles del planeta—, así como había protagonizado en 1997 y 2000 otro par de tentativas a la arista del Mazeno al Nanga Parbat, recuérdese que su ochomil seminal.

Porque está claro que no siempre la suerte viene de cara: Loretan también había fracasado, fiel a la máxima entrega, en dos ataques en 1991 y 1992 a dos asombrosas y temibles caras oeste: la del Makalu y la del K2 respectivamente, igualmente peligrosas y bellísimas. Y la mentada —que no mentolada— travesía de los Lhotse en 1994, y el mismo Kangchenjunga dos años antes de conseguirlo y cerrar sus primeros catorce (siempre se puede reiniciar la cuenta y regresar a por los segundos catorce)… Por ello, seguramente es más acertado afirmar que Loretan, ya en el nuevo siglo, cumplía así la filosofía del eterno retorno, como siempre había hecho, más que huir de una tragedia familiar imposible de superar. El eterno retorno de un Sísifo sonriente.

A finales de los noventa, con condición levemente más doméstica, Erhard retomó sus raíces como guía, un oficio humilde y entregado que le enardecía desde 1981, año en que logró su diploma, porque le permitía estar donde deseaba estar: en las montañas, fundamentalmente en sus Alpes natales. “Quiero compartir mi pasión con mis semejantes. Por esta causa, es una buena profesión ser guía, porque ayudas a alguien que sueña con escalar montañas. Es algo muy bello”, comentó al respecto.

No en vano, sus vivencias como himalayista era simultáneas a su trayectoria como alpinista. Atesoraba así docenas de las rutas más emblemáticas y deseadas. Por citar tres ejemplos, en el invierno de 1986, el año de “su” Everest, culminó la corona imperial de 38 cumbres del Valais, en 19 días, con su amigo André Georges, siempre próximos a Zermatt. 1986, el mismo año en que pierde en sus brazos a Steiner, lo que le hace entrar en barrena en la desesperación. Incluso sufre dos accidentes él mismo, uno de ellos en parapente, que le dejan 1987 en blanco.

Más todavía: en veinte gélidas jornadas invernales de 1989, Georges y él repitieron la gesta en el Oberland, también suizo, culminando trece de sus famosas caras norte. Se reitera, cara norte, en invierno, y, por supuesto, la famosa por mortífera norte del Eiger. No había resultado barata la aventura, puesto que dos inviernos antes un alud arrastró a la cordada al pie del Mönch y la rotura de dos vértebras estuvo a punto de dejar paralítico a Loretan, como se insinuó en el párrafo previo.

Definitivamente, y ya en un orden menos tradicional, hay que subrayar que Erhard fue el autor en 1988, con Kurtyka, de la impresionante ruta suizo-polaca a la Torre sin Nombre, una llamarada de granito de 1.100 metros de verticalidad absoluta en el Karakorum paquistaní, con una dificultad extrema y en uno de los parajes más atormentados y prodigiosos de la Tierra. ¡La Torre sin Nombre, el campanil de las catedrales de roca del Baltoro, cómo no iba a atraerle!

Bien distintas a este bastión son las desoladas llanuras de hielo de la Antártida, orladas aquí y allá por pirámides fascinantes, como el Epperly que ascendiera en solitario Loretan en 1994, por una pared de 2.700 metros: se antoja difícil exigir a un ser humano mayor compromiso. Un continente, que no una isla, al que regresará irremisiblemente en 1995, una vez culminado su periplo por los catorce, a conseguir una cima sin siquiera nombre en la Antártida, solo; ¿no es un sueño? Sobre todo cuando periódicos y revistas de medio mundo lo aclamaban como “el tercer hombre”, resiguiendo a Orson Welles, en los catorce. Desde luego, confirma que él mismo se sintiera “un solitario”… al que los años habían civilizado. ¿Recuerdan a Pommel Morand, con quien Loretan hizo tantas de sus escaladas de juventud y también grandes vías en Alpes e Himalaya? Decía de él que tenía “instinto”: “¡Ningún alpinista me ha causado una impresión como la suya! ¡Erhard era otra cosa!”

De todos modos, en el Grünhorn se ha demostrado, una vez más, que no hay pico despreciable y que el peligro se esconde incluso en los trances más hacederos. Porque el riesgo es consustancial al alpinismo de dificultad, pero al de facilidad también. Loretan lo sabía: “Esa falta de seguridad obliga al alpinista a hacer un cálculo sobre el terreno. Si yo estuviera seguro de no tener que resolver ningún problema cuando salgo a la montaña ni siquiera iría”.

“Ante todo, me gustaría agradecer a las montañas los cuarenta años que me han permitido escalar [comenzó a los 11]. Con esta pasión he tenido una vida extraordinaria hasta ahora; soy un privilegiado. Gracias a la montaña soy feliz; las montañas me han dado esta pasión y espero continuar así durante otros veinte años”, expresó Loretan durante la edición de 2010 del Festival de Cine de Montaña de Trento, cuyo vídeo está en Youtube. De manera similar se había pronunciado en la Royal Geographical Society en Londres en noviembre de ese mismo año para recaudar fondos con destino a la población nepalesa.

Al hilo de esta frase y pese a que seguramente Erhard jamás pensó en partir cuando dejó los esquís al final del glaciar —¿quién sabe cuándo llegará nuestra hora?— y puso sus manos sobre la roca de la arista del Grünhorn, atento a los pasos de su cliente, dichoso por estar en la montaña en su cumpleaños, no nos entristeceremos porque, como dijo aquel poeta griego olvidado, “se nos fue quien sonreía más bellamente a los dioses, agradecido por los dones con que le adornaron”. Carne mortal de inmortal memoria… El viento silba, quedo y constante, ahora mismo, mientras se leen estas líneas, en aquella cima solitaria que ya no alcanzó.
Silencio en el silencio.

Nuevos horizontes, viejos oficios

Los ochomiles de Loretan

1º Nanga Parbat: con Norbert Joos por Diamir (10-6-1982).
2º Gasherbrum II: con Marcel Rüedi (15-6-1983).
3º Gasherbrum I: con Rüedi (23-6-1983).
4º Broad Peak: con Rüedi (30-6-1983), convirtiéndose así en los primeros hombres en lograr tres ochomiles en la misma expedición.
5º Manaslu: arista NE con Norbert Joos (30-4-1984).
6º Annapurna: con Joos, encadenando las tres cumbres por la arista oriental de 7,5 km (24-10-1984). – Annapurna Este (23-10-1984).
7º K2: con Jean Troillet y Morand por el Espolón de los Abruzzo en 14 h tras un intento de apertura en la cara sur (6-7-1985).
8º Dhaulagiri: por el este con Troillet y Pierre-Alain Steiner en 4 días ida y vuelta semi invernales (8-12-1985).
9º Everest: con Troillet en un récord en 31 h abriendo ruta por la norte y descenso en 3.30 deslizando sobre la culera (30-8-1986).
10º Cho Oyu: nueva vía por la cara SO. con Troillet y Kurtyka en 27 h (21-9-1990). – Shisha Pangma Central: abre una nueva vía de 2.000 m de la cara sur con Troillet en 22 h ida y vuelta (3-10-1990).
11º Makalu: por el Pilar Oeste con Troillet (y Manu Badiola y Carles Vallès) tras intentar la cara oeste (2-10-1991).
12º Lhotse: con Troillet, sin completar la prevista travesía al Lhotse Shar (1-10-1994).
13º Shisha Pangma: regresa para completar los catorce (29-4-1995).
14º Kangchenjunga: con Troillet (5-10-1995).