Alaska: bienvenidos al Norte

Un road trip en clave de aventura por la Última Frontera
Jorge Jiménez Ríos -
Alaska: bienvenidos al Norte
Alaska: bienvenidos al Norte

Alaska. Hogar de pioneros. Tierra de inspiración literaria. Vasto imperio de lo natural. Irresistible y mágica cuna de muchas de las grandes aventuras que mueven al ser humano moderno. Alaska. Escenario donde los dioses herreros tallaron sus más vanguardistas montañas. Allí donde los bosques parecen saber la respuesta... de una pregunta que tal vez no conozcamos. Donde los fiordos y lagos ofrecen su testimonio sobre lo esencial de la vida. Alaska, que son osos. Son alces que cruzan carreteras. Son millas de belleza monumental. Son lobos que aúllan en la noche. Soles que no necesitan calentar. Alaska, al fin y al cabo.

TEXTO Y FOTOS: JORGE JIMÉNEZ RÍOS

Si algún día alguien pensase en encontrar la esperanza de una vida libre, ajena al caos urbano y la demencial sed de llenar el mundo emocional con piezas apáticas del mundo material, que conduzca hasta Hope, se tome una cerveza en un tarro de mermelada en su bar, asiente sus posaderas en la bahía y contemple el sol de medianoche bañar el fondo marino durante el retroceso de la marea. Si algún día alguien pensase en aventurarse en espacios desconocidos, hacia un lugar donde ya no reina el ser humano y las fuerzas de la naturaleza no se contienen, donde divagan los osos en sus quehaceres ajenos al bramar de las civilizaciones, nuestra recomendación es que vuele hasta Katmai para mezclarse con un mundo animal que obvia tanto tu presencia que te hace querer huir, pequeño y desvalido, a un centro comercial… o desear quedarte para siempre. Si algún día alguien pensase que la paz en el mundo es posible, quizá sea más fácil meditar sobre ella en alguno de los más de 30 lagos que componen la Swan Lake Canoe Route, cerca de Sterling, en la península de Kenai. Si algún día alguien decidiese dejar de pensar para abandonarse a sus emociones lo suyo es que coja una mochila, meta una cantimplora, unas botas y un mapa y se lance a conocer las desorbitadas geografías de Alaska. Y ya puestos no estaría mal acordarse de olvidar el mapa.

Alaska es realmente la última frontera. Esta trillada definición del gran territorio norteamericano, inscrita en la mayoría de matrículas que circulan por el estado, es absurdamente cierta. Tan cierta que el sentimiento de desolación desaparece para convertirse en lo que sólo podría expresar como una incontenible fuente de excitación, relacionada, claro, con el sabio y exuberante aislamiento que emana de los grandes espacios. El ser humano allí no manda, sólo persiste. Para el que suscribe, viajar a Alaska era una de esas metas irremisibles. Tierra de buscadores. Territorio de aventura. Una de esas metas… que además se deben traspasar más de una vez. Por ese motivo, cuando devolvíamos el coche de alquiler en Anchorage, tras 3.500 kilómetros por las arterias principales del Gran Norte, tanto el exterior como el interior estaban sucios, desgastados, experimentados. Igual que sus dos ocupantes. Si se pudiese definir la alegría de vivir, para nosotros sería un chasis destrozado, una cámara de fotos que echa humo y una infinidad de tormentosas picaduras de mosquito.

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Anchorage nos servía como punto de partida para un periplo de veinte jornadas adentrándonos en el corazón de los ambientes salvajes. El lago Spenard, junto al aeropuerto, es la primera muestra de lo que va a deparar el viaje. Una pequeña cuenca cristalina reconvertida en el hidropuerto más activo del planeta, con hasta 800 avionetas ronroneando cada día para dejar a los curiosos en paisajes hostiles para los ávidos del confort. Desinteresados del hormigueo urbano, empezábamos una carrera por el Wallmart para comprar todas las provisiones necesarias, antes de salir escopeteados a los lagos, bosques y montañas que componen un homogéneo escenario, vasto, desconcertante, hermoso.

Las ruedas comenzaban a desgastarse camino del lago Eluktna, pasando el Eagle River, en lo que sería nuestro primer contacto con el “bear country”, a apenas unas millas de la ciudad. Hemos de reconocer que Alaska es el Shangri-La de los mochileros. Cada pocos kilómetros, por todo el estado, es posible encontrar áreas de acampada acondicionadas (y muy bien señalizadas), tan bien escogidas que difícilmente encontraremos mejores escenarios para plantar la tienda o detener la autocaravana –que junto a las avionetas componen el medio de transporte más efectivo. Primera pernocta abrazados al spray anti-osos y un carismático sentimiento de no saber lo que se tiene por delante.

El objetivo prioritario de esta odisea por carreteras y trazados de trekking era fotografiar la vida úrsida de Alaska. Por supuesto, hasta llegar a ello, iba a suceder de todo. Talkeetna, por ejemplo. Porque Talkeetna te sucede. Te espera. Un pequeño reducto con vistas al Denali, la montaña más alta de Norteamérica, reconvertido en paso obligatorio para aventureros y turistas de toda condición, que apabullan sus tiendas y restaurantes de añeja madera. Desde allí es posible (previo severo pago) subirse a una avioneta para estudiar los contornos del McKinley desde el aire. Pero nuestro plan era otro. Íbamos a ver la montaña desde sus dominios terrenales.

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Siguiendo las aguas del río Nenana, no se puede sino detenerse en el Grizzly Bear Resort (denaligrizzlybear.com), clavar las piquetas, encender una hoguera y calentarse las judías en lata. Porque si vas a Alaska comes judías en lata. O así lo entendimos nosotros. Claro que también íbamos con sombreros y fumábamos en pipa. Quizá la integración se nos había ido de las manos excesivamente temprano.

Era esta la última parada antes de lanzarnos a un backcountry por el Denali National Park. He de dejar por escrito la siguiente reflexión: no he conocido en esta vida de viajes un lugar como este parque nacional. No es por su opresivo dominio sobre el hombre. Por su cordillera incapaz de escapar a la vista. No es por sus cielos de tormenta. Ni por la amenaza que supone la apabullante vida animal. Sencillamente no conozco un lugar donde te suelten, mochila a la espalda, para recorrer sin orden ni concierto estos reinos del oso, el lobo y el alce, con la única protección de un spray y un cofre anti-osos para mantener la comida alejada del campamento. Donde firmar el permiso en el Wilderness Center suponga rubricar el sentimiento de soledad e insignificancia que supone patear por uno de los ambientes más feroces del planeta. Todo bajo tu propia responsabilidad. No cuentes con nadie. No esperes ayuda. Sólo sigue los rastros trazados por los animales en el bosque. Cocina en hornillo acongojado por si la pasta es un manjar atractivo para un oso. Soporta la lluvia incesante. Camina, camina mucho. Cruza ríos. Encuentra pasos entre los valles de montaña. Vive plenamente, cojones. Y vuelve al calor de la seguridad haciendo auto-stop a uno de los camper bus que recorren la ruinosa carretera que cruza el parque. Es la única salida. Y siempre está más lejos de lo que pensabas.

Durante nuestra experiencia, jornadas sin caminos marcados, sin nada más que hacer que contemplar, una palabra trataba de escapar todo el tiempo de su encierro mental: carisma. Sí. Alaska es carisma puro y duro. Muy puro. Y con atmósfera pionera.

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El hombre no se instalaba en Alaska hasta 1904, un año después de que estallase la gran fiebre del oro en sus entornos. Apenas cuenta con un siglo de historia, pero está inscrita en cada tablón de sus casas. En cada cornamenta de alce instalada en los tejados de los cobertizos. En cada infinita barba de esos tipos que parecen sacados de una novela. O que podrían escribirla. Motivo por el cual recomendamos las emocionantes paradas de Nenana, avanzadilla donde respirar la cultura inuit o acariciar los perros de Bill Cotter, uno de los más experimentados mushers de la zona, con unas cuantas Iditarod a sus espaldas. Tomarse una cerveza especiada en el True American Bar de Fairbanks o pasarse por su Craft Market (en la 5th Avenue), regentado por Tim Farrell, que lleva cuatro décadas recorriendo Alaska y las islas del mar de Bering buscando piezas arqueológicas y fósiles con los que rellena sus escaparates. Comprar unos souvenirs en North Pole, villa que vive una Navidad eterna, cuyas farolas son bastones de caramelo, antes de proseguir por la Reserva Natural de Chenai, comerse una hamburguesa de salmón en el Grand View Café (Milepost 109.7, Glennale Highway) y acampar en uno de los “campgrounds” más sugerentes que encontraréis: el Red Squirrel.

Tampoco es despreciable la idea de conducir hasta Seward, una de las ciudades más turísticas del estado, sí, pero también punto de partida de safaris en barco para avistar ballenas o para coger un taxi acuático (o un helicóptero) que te lleve a Bear Glacier, donde navegar en kayak entre glaciares de color indefinido, a la espera de que un oso asome su hocico entre los hielos. Desde allí también es posible marcarse el trekking al Exit Glacier, cuyo centro de interpretación tiene una pizarra para apuntar los avistamientos de grizzlies y osos negros, que siempre está repleta. Una semillero de sensaciones que pasan del absoluto terror cuando se cruza una hembra con sus crías, al mayor de los regocijos cuando contemplas el glaciar desde su cima, lamiendo un valle de coníferas que se extiende como si tuviese la intención de dominar el globo.

O, amigos de esta revista, tratar de dormir sometidos por el canto de los lobos en alguno de los lagos de la Swan Canoe Route, donde conectar decenas de lagos a golpe de remo; sin olvidar el clásico bañito en pelotas cuando el único que observa es un sol de justicia, el que acompaña toda la experiencia que ofrece la península de Kenai en pleno junio.

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Enumeramos todo esto porque como mencionábamos antes, todo iba a ocurrir antes de cumplir nuestro objetivo principal: agotar las baterías fotografiando los osos del Parque Nacional y Reserva de Katmai. Dos millones de hectáreas de espectáculo natural, de volcanes glaciales, océanos de alisos y reino absoluto del brown bear, con una población que ronda los 2.000 ejemplares. Para llegar a la reserva necesitas alcanzar el end of the road, donde surge el pueblo de Homer con su carácter que oscila entre un moderno acondicionamiento y un total respeto por la arquitectura y la vida tradicional. Auténtico, pesquero, artesanal… y punto de partida de las avionetas a Katmai.

Contratamos los servicios de la Bald Mountian Air Services (baldmountainair.com), cuyas dueñas se hacen llamar "Bear ladys", lo que nos convencía definitivamente para ponernos en manos de sus pilotos. No es una actividad barata (550€), pero es necesaria. Una suerte de safari a pie entre los animales más solemnes que ha parido la madre Naturaleza.

Aterrizamos en la bahía de Hallo (aunque lo habitual en julio y septiembre, por las migraciones de salmones, es hacerlo en el Brooks Camp), y desde allí sólo puedes homologar las poco estéticas botas de agua, hasta que avistas el primer oso, cargas el teleobjetivo y disparas como si el mañana ya fuera ayer.

Verte rodeado por catorce ejemplares, por ejemplo, sin posibilidad de seguir caminando pues tienes todas las direcciones vetadas por su parsimoniosa presencia puede resultar algo abrumador. Y aleccionador. El miedo desaparece cuando comprendes que no resultas ninguna amenaza y que son tan ajenos a ti como lo puede ser uno de los águilas calvas que sobrevuelan las vitales bellezas de esta obra maestra de los demiurgos de la Tierra. Retozan, luchan por los favores de una hembra, buscan ostras y pasan del ser humano con mucho estilo. Todo ello a apenas una docena de metros de nuestras piernas temblorosas. Otro mundo. Y nosotros somos bienvenidos, pero sólo un rato.

1.000 fotografías por barba y algún bramido de advertencia después (con la muy necesaria risa nerviosa y el peligro de manchar los calzones), regresábamos con la sensación de haber aprovechado la oportunidad que nos ofrecía la agencia Island Tours (islandiatours.es), valedores de esta aventura por lo más recóndito de las geografías yanquis.

Siempre resulta complicado encontrar el cierre adecuado para un reportaje. Hay que hacer un pequeño resumen de sensaciones de lo que ha supuesto el viaje. Convencer al lector de que no hay ningún sitio mejor al que marchar en cuanto el bolsillo y el reloj nos den la oportunidad. En este caso no va a ser posible ponerle el lazo rojo. Sencillamente porque, de algún modo, aún no hemos logrado escapar de allí…

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