Lionel Terray, palabra de guía

Aquel que definió de mejor manera el espíritu del alpinismo
Jorge Jiménez Ríos
Lionel Terray, palabra de guía
Lionel Terray, palabra de guía

Si he arrastrado a otros compañeros al peligro, lo cual es cierto, nunca he dejado de estar al lado de ellos.

Hasta que en junio de 1950 los franceses escalan por primera vez una cima de ocho mil metros, el Annapurna, las grandes historias de los anales montañeros en el Himalaya habían sido pertenencia casi exclusiva de británicos y alemanes. Lionel Terray será la llama más lúcida de una generación de galos irrepetible, con Lachenal, Rebuffat, Herzog o Couzy, quienes no se conforman con plasmar sus ambiciones en las montañas, legando también maravillosos ejemplos de literatura alpina, hoy mutada en clásica. Si alguien desea entender el antojo de las cumbres, debería empezar por sus letras. Vitales son “La montaña es mi reino” y “Estrellas y borrascas” de Rebuffat, “Annapurna, primer ochomil” de Herzog, y sobre todo la obra de Terray, quien firma la descripción más acertada de este sentimiento: “Los conquistadores de lo inútil”.

Además de sus escritos, Terray dejó entrever su honestidad y pasión en los grandes macizos del mundo, participando en la primera ascensión al Annapurna, cima a la que renunciaba para servir de apoyo durante el descenso a sus amigos Herzog y Lachenal, quienes padecían severas congelaciones; rubricando la primera al Makalu (8.463), con Jean Couzy en 1955, o con el salvaje estreno del Fitz Roy (Patagonia), en el 52, junto a Guido Magnone.

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Aunque el principal motor de sus inicios fueron los esquís –primero en descender la norte del Mont Blanc–, Terray se reveló como un formidable gestor de las dificultades, venciendo paredes escalofriantes de los Alpes, muchas veces en compañía de Louis Lachenal. Así cayeron en sus manos la Walker de las Grandes Jorasses, la primera repetición de la Norte del Eiger o la Cassin al Piz Badile. Capaz de vencer vertientes inverosímiles como la Oeste del Chacraraju, en la Cordillera Blanca, no será hasta 1962 cuando lleva a cabo la que Terray consideró la ascensión más exigente de su carrera, la del fragoso Jannu, un sietemil de Nepal hasta entonces indomable, al que subyugaba junto a otros compatriotas fabulosos como Paragot, Desmaison o Ravier.

Junto con Rebuffat, Terray fue la figura que más dio lustre al oficio de guía de montaña, tanto por sus reflexiones sobre la naturaleza y los espacios vírgenes, como por esa forma de entender las ascensiones con clientes, compañeros de cuerda a los que mostrar la silenciosa e inocente comunión con valles y cimas, ese sueño trazado con los ojos. Su labor como guía quedó decisivamente consagrada cuando participaba en el rescate de 1957 en la norte del Eiger, destacando entre los 54 hombres que sacaban con vida de la montaña a Claudio Corti en aquella célebre subida al infierno (“The climb up to hell”, Jack Olsen, 1962).

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En 1964, Terray viviría su última gran aventura con la primera ascensión, en Alaska, del Monte Huntington. “Si en realidad no hay ninguna roca, ningún serac, ninguna grieta que me esté esperando en algún lugar del mundo para detener mi carrera, llegará un día en el que, viejo y cansado, encontraré la paz entre los animales y las flores. El círculo quedará cerrado, y por fin seré el simple pastor que añoraba ser en mis sueños de niño”. El final sí le esperaba antes de tiempo y a los 44 perdía la vida de forma sorprendente mientras realizaba una sencilla ruta en Vercors, su escuela favorita de escalada. Pasaba a la memoria un hombre que Reinhold Messner definió como “una de las figuras más sobresalientes de la historia del alpinismo”.

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