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Perdidos en el tiempo: 9 aventureros poco conocidos

11 enero 2018 | Jorge Jiménez Ríos / Ilustraciones: César Llaguno

De la invención de la batisfera para descender por los océanos, a reconocer por primera vez el Tibet, la historia está plagada de nombres olvidados que fueron los precursores de grandes exploraciones y descubrimientos. Rescatamos nueve figuras imprescindibles de la aventura humana.

Texto: Jorge Jiménez Ríos /  Ilustraciones: César Llaguno

Se dice que el tiempo es un gran maestro; lo único malo es que va matando a sus discípulos. Esta cita indiscutible bien sirve de preludio para las nueve historias que os vamos a contar a continuación. Olvidados frecuentemente en el catálogo de grandes aventureros de la historia, barridos por las décadas o escondidos bajo la alfombra de los hitos, hemos querido recuperar las gestas indispensables de quienes con un invento, un viaje o una hazaña de esas que se presuponían imposibles, allanaron el camino de los prohombres de la exploración y la ciencia. Se saltaron convenciones o directamente las eliminaron del mapa. Cruzaron fronteras que ningún occidental había traspasado. Soñaron con contarnos lo que había más allá del mundo conocido. Y lo lograron. Hombres y mujeres dispuestos a desentrañar misterios, abrir caminos y acercarse a otros seres humanos con el arrebatado impulso que ofrece la sed de conocimiento.

Charles William Beebe
Vida en la oscuridad
Ser naturalista es mejor que ser un Rey. Así de seguro se sentía el explorador norteamericano William Beebe cuando tituló una de sus muchas obras. Tras estudiar ciencias naturales en Columbia, tuvo acceso a la Sección de Estudios Tropicales de la Sociedad Zoológica de Nueva York, donde desarrolló un ávido interés por el estudio de la fauna marina a grandes profundidades, para lo que se hacía imprescindible poner la imaginación en marcha. De este modo y con la ayuda del ingeniero Otis Barton, acudieron a la Watson-Stillman Hydraulic Machinery Company que construyó en 1930 la primera batisfera que conoció el mundo: una nave submarina, sin medios de propulsión, que descendía por los océanos merced a un cable de acero de 1.000 metros que se desprendía desde un barco en la superficie. Con capacidad para dos tripulantes y oxígeno para seis horas, Barton y Beebe llevaron a cabo las primeras inmersiones aquel mismo verano, llegando a los 130 metros en su primera tentativa: un récord mundial.

Por supuesto, no iban a conformarse con esto. A lo largo de los siguientes años, Beebe llevó a cabo más de 30 inmersiones con la precaria seguridad que ofrecía el invento, llegando a descender hasta los 923 metros, una marca que no se superaría hasta pasada la Segunda Guerra Mundial, cuando su compañero Otis Barton llegaba hasta los 1.300 metros de profundidad en 1949. Estas exploraciones submarinas aportaron descubrimientos imprescindibles, como la existencia de vida por debajo de la cota a la que llega la luz solar.

Tras el éxito de su exploración de las profundidades, Beebe cambió su interés por la zoología tropical, viajando por selvas como la de Trinidad o Venezuela, legando obras que llegaron a ser best seller de su tiempo como “Galápagos, fin del mundo” o “Días en la selva”.

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