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Las 10 reglas de oro de la alta montaña

3 enero 2017 | Tino Nuñez

Hay muchos decálogos sobre los principios “sagrados” de la práctica segura de la alta montaña. Nosotros te presentamos el nuestro, el que nos funciona con los pies en el suelo y la cabeza en el cielo, un tanto atípico pero fácil de cumplir y muy realista. Coge tu mochila y tus botas, que comenzamos la subida.

Los montañeros de nuestro país siempre han tenido claro qué era la alta montaña: básicamente el terreno en el cual ya no pueden crecer los árboles por la altitud. En España los 1.800-2.000 metros marcan habitualmente ese límite, pero no falta quien afirma que la alta montaña empieza a partir de los 3.000 metros. Si bien algunas zonas de media montaña en invierno y con mal tiempo pueden mostrarse mucho más duras que las de alta montaña estival, parece haber un acuerdo generalizado en qué entendemos por sitios de alta montaña: las cimas más elevadas de Guadarrama, Gredos, Picos de Europa, Pirineos y Sierra Nevada pertenecen a esa categoría por méritos propios. El siguiente decálogo nos guiará para disfrutar con mayor de seguridad durante nuestra actividad en tan bonito pero complejo terreno,

1) Siempre con un mapa detallado
La creciente y comprensible popularización del gps, junto con la facilidad de imprimir información desde internet sobre casi cualquier itinerario, ha provocado que se descuide la adquisición de un buen mapa “tradicional”. También muchos practicantes se contentan sólo con mirar un par de minutos el esquemático mapa del cartel informativo de un aparcamiento. Sin embargo un buen mapa, en papel, a escala 1. 25.000 y con el mayor detalle posible, nos puede permitir orientarnos de forma natural y segura, identificar escarpes rocosos, localizar valles o canales de bajada, saber si una fuente mana agua todo el año o sólo temporalmente, planificar las etapas en casa o revisarlas en un refugio y prever por su orientación/altitud qué laderas pueden tener nieve o estar más expuestas al viento.

2) Sólo con calzado seguro
Hasta un tercio de los accidentes en alta montaña están relacionados con la utilización de calzado inadecuado. Por increíble que parezca hay un uso elevado de botas ligeras de bajo coste, y sobre las que algunos fabricantes indican con un cierto descaro “utilización con tiempo seco”. Los consumidores entienden que se refieren sólo a que no resultan impermeables, pero lo grave es que a veces con esa recomendación disculpan una suela desastrosa, incapaz de agarrar lo suficiente sobre hierba o piedra cuando llueve. El empleo de calzado demasiado blando en la nieve, sin o con crampones, también entra dentro del capítulo de calzado poco seguro y por tanto a evitar.

3) Mochila, lo más ligera posible.
Si no te pones estricto con el peso a transportar, cargarás mochilas de 10 kilogramos en jornadas de un día o de 15-18 kilogramos en travesías de varios días que te acabarán amargando la actividad. Optar por opciones de 1.000-1.500 gramos para una mochila de 40-50 litros, 2.000 gramos para una tienda de dos plazas, saco de dormir de 1.000 gramos o potabilizar el agua de arroyos en vez de cargar con toda desde el coche, pueden aligerar entre 5 y 10 kilogramos tu espalda. Ir más ligero significa cansarse menos, estar de mejor humor (se evitan broncas absurdas entre compañeros sobre fatigados) y sobre todo tener más energía disponible para hacer frente a algún imprevisto.

4) Vístete adecuadamente
De manera general están sobrevalorados el aislamiento térmico y la impermeabilidad real que ofrecen las prendas. Pero los problemas derivan más de no llevar siempre las tres capas que de no comprar ropa de máxima calidad. Con la aparición de productos tipo softshell o cortavientos ultraligeros, muchos aficionados han dejado de incluir en todas sus salidas un chubasquero impermeable-transpirable (columna de agua mínima recomendada para alta montaña: 10.000 milímetros). Esta tercera capa será la más importante para protegernos de una situación tan peligrosa como infravalorada: cuando hay lluvia y viento a la vez. En dicho momento si llevamos sólo el típico Primaloft o chaqueta de plumas fina -que reconozcámoslo: tienen un fuerte componente de moda- lo pasaremos realmente mal.

5) Vigila los horarios
A veces se nos olvida lo cortos que son los días en invierno (9 horas de luz) o que apuramos demasiado las largas jornadas de verano (hasta 14 horas de sol). Salvo si estamos extremadamente en forma, nuestro ritmo de progresión suele situarse en los 4 km/h en caminos fáciles, 3 km/h en laderas empinadas y apenas 0,2-0,3 km/h en terreno rocoso con trepadas, tipo crestas o canales secas muy empinadas. Los tiempos reflejados en las guías no incluyen paradas y en la mayoría de los casos nos llevará un 50 por ciento más completar el trayecto. Internet y las redes sociales están repletos de gente proporcionando información incorrecta o con excesivo “autobombo” sobre cuánto se tarda en subir a una cumbre o enlazar refugios de alta montaña.

6) Velocidad no siempre es seguridad.
Se trata de un “topicazo" poco cuestionado por los amantes de la montaña: velocidad es seguridad. Lógicamente caminar o trepar deprisa permite llegar antes a nuestro destino, permanecer menos horas bajo la lluvia y descender antes de que nos atrape una tormenta o la noche. Sí, perooo… ¿tiene sentido meter prisa a un compañero que ya lo está pasando mal en una arista con sensación de vacío, acelerar el paso sobre una llambría mojada en medio de un chaparrón breve o salirse de un camino seguro a terreno desconocido para acortar el regreso? He visto demasiada gente exponerse a peligros innecesarios por no detenerse unos minutos a ponerse los crampones, por no sacar de la mochila una cuerda para rapelar o por correr demasiado con el coche al regreso, sólo para llegar antes al bar o contentar a la pareja que espera en casa.

7) Conoce las técnicas básicas de escalada
Cada vez sucede más, el “Yo no escalo y por eso no tengo porqué aprender nada de escalada”. Como planteamiento senderista o excursionista puede tener su lógica en terreno muy fácil o balizado, pero en alta montaña mostrar esa inflexibilidad resulta peligroso. Es prácticamente imposible salir a menudo a la alta montaña y no toparse con un escarpe rocoso en una “normal” (el itinerario más fácil a una cima) o con una pendiente de nieve empinada. Saber utilizar correctamente una cuerda para asegurar a quien sube o descender en rápel, montar un anclaje sobre un bloque o puente de roca, conocer al menos cuatro nudos y desenvolverse aceptablemente en una trepada de tercer grado constituyen valiosos recursos que harán más segura nuestra actividad.

8) Precaución con la nieve
Aunque vivimos en un país con alta montaña “mediterránea”, son bastantes las cimas que presentan nieve durante al menos cuatro meses seguidos. Entre los 2.500 y los 3.000 metros tampoco resulta raro que queden neveros en pleno verano. La principal causa de accidentes en la nieve no estriba en carecer de piolet y crampones o en que su superficie esté muy dura, es la falta generalizada de formación específica. Ya se ha comentado en varias ocasiones en los artículos invernales de Oxígeno, especialmente por los guías Luis Torija y Raúl Lora, que caminar por laderas nevadas empinadas o ascender canales con un piolet requiere una formación previa mayor que realizar excursiones por terreno seco. Tienes que ser capaz de autodetener un resbalón con tu piolet y manejar con rapidez pala+sonda+ARVA (detector de víctimas de avalancha) por si se produce un alud.  Tómatelo en serio: hasta que no tengas la formación y experiencia suficientes evita las pendientes de nieve.

9) Cuidado con los compañeros
Nuestra manera actual de relacionarnos, en la que a veces pesa un individualismo exacerbado o una visión demasiado lúdica de la montaña, y las prisas modernas por quemar etapas demasiado rápido, pueden conducir a encontrar una compañía inapropiada. Alguien que se muestra continuamente en Facebook como el héroe de la jornada, un/a protestón/a “de libro” o el típico inexperto acelerado que te dice “Vámonos al Cervino este verano” no suelen resultar los mejores compañeros. Hay grupos que se retroalimentan continuamente con un lenguaje épico o excesivamente competitivo para pasar de su primer tres mil directamente a un seis mil, o que plantean jornadas agotadoras con niños en alta montaña. Huye de personas mandonas, con poca empatía, obsesionados consigo mismos y su rendimiento o con prisas innecesarias. Un/a compañero/a respetuoso/a, que se interese por tus gustos y opiniones, con una visión realista de la montaña, espartano/a, prudente y positivo/a constituye un tesoro que no siempre resulta fácil encontrar.

10)  Ten un plan “B”
Un cambio inesperado de tiempo (pese a que se supone que hemos mirado a conciencia la previsión), el cansancio de un miembro del grupo o la constatación de que el objetivo supera nuestras habilidades, pueden echar por tierra momentáneamente nuestras ilusiones. Tener una alternativa ya prevista, en la que por ejemplo el itinerario se desarrolle a menos altura (cada 300 metros que descendemos la temperatura aumenta casi 2ºC), por un terreno menos complicado/más resguardado del viento o elegir una cima más accesible, evita cabezonerías innecesarias por arriesgar demasiado y “salvará” la salida.  

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