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El día que sobreviví al ataque de un oso

16 marzo 2017 | Redacción Oxígeno

En nuestras actividades en naturaleza mantener una buena gestión del riesgo es algo imprescindible. Pero no siempre podemos preveer los imponderables. Este fue el caso de nuestro amigo Roger Josa Roig, que fue atacado por un oso en Kamchatka, dando pie a una de las historias de supervivencia más insólitas que nos han contado. Él mismo nos cuenta su historia, que analizamos con ayuda de nuestro experto en supervivencia Jaime Barrallo.

Hay cosas inevitables
Me ocurrió durante mi primer viaje a Kamchatka, con mi primo Iscla, en una expedición de pesca de cinco días. En cuanto a pesca fue una experiencia excepcional, el único inconvenientees que la zona a la que habíamos llegado estaba llena de osos. Una de las jornadas yo estaba cansado y me retiré antes que Iscla a nuestro campamento, instalado a unos 500 metros en línea recta desde el río. Allí encendí un fuego y me puse a escribir mi diario de viaje. Cuando llevaba media hora solo, escuché un ruido en el bosque: una familia de osos. La madre con dos crías de dos o tres años, a punto de independizarse, que venían hacia a mí.

Lo primero que hice fue levantarme y moverme poco a poco hacia atrás. Las crías vinieron directas al campamento, pero la madre me rodeó en una suerte de emboscada, situándose a mi espalda. Cuando me estaba retirando escuchaba a la madre resoplando cada vez más fuerte, oculta por las hierbas de dos metros del prado que tenía detrás. Intuía su movimiento y supe que me iba a atacar. Trató de cogerme la primera vez, pero no lo logró, aunque ya me tenía a la vista, no dependía de su olfato. Me mordió en el hombro y la espalda, me hizo cortes muy serios en el brazo y me revolcó por el suelo. Me defendía como podía para intentar salvar mi vida. Logré darle una patada, pero ella reaccionó y me mordió el pie, abriéndome el talón. Sigo pensando que el animal me dejó tranquilo al ver que yo también me movía y luchaba. Tan rápido como vino se fue.

Me rehice como pude para ir a buscar a Iscla... se me hizo eterno: el susto y la adrenalina. Cada sonido en el bosque me hacía temer que el oso había vuelto. Cuando vi a Iscla pensé en la salvación. Él tuvo mucho sentido común y las ideas muy claras, así que lo primero que hizo fue hidratarme con suero oral, y yo empecé a ver la luz. Estaba anocheciendo por lo que volvimos al campamento a pasar la noche. Mi primo estuvo muy pendiente dándome de beber (había perdido mucha sangre) y tratando de que conservase toda mi temperatura corporal. A la mañana siguiente comimos un poco y como pude empezamos el camino de vuelta. Encontramos ayuda: nos llevaron al pueblo más cercano en coche unos leñadores que encontramos con muchísima suerte, ya que es una zona deshabitada. En un pequeño centro médico empecé mi recuperación.

He vuelto a la zona y mi reencuentro con los osos no ha sido dramático. No le guardo rencor a este animal, estaba en el momento equivocado en el lugar equivocado, y sigo sintiendo mucho cariño por ellos.

Jaime Barrallo, al habla
Que te de unas caricias un oso es una avería grave, pero casos como éste sirven para argumentar que cuando se habla de que un oso es peligroso no se
exagera: por mucho que les suene mal a los ecologistas de salón. En España hay muy pocos pero en zonas como Kamtchatka, Canadá, o EEUU hay
para una boda (del oso Yogui claro). El porcentaje de accidentes es bajo, pero es cierto que va en aumento: hay mas accidentes en EEUU y en Rusia en los últimos años que en el siglo pasado, quizá por falta de alimento, perdida de miedo a los humanos, el fin de la guerra fría… la razón no esta clara, pero
los datos están ahí.

Lo que describes es, como dicen los gringos, un ataque predador en todo regla: la hembra iba a por ti (la forma de aproximarse es un signo claro), no defendía a las crías, ya eran mayorcitas para hacerlo solas. Ni le atrajo tu comida (no sé si tenias pescado cerca de ti, esto podría ser una razón de por qué se aproximaron ), así que potencialmente te atacaban tres osos. Un solo oso pardo, tamaño ibérico, un oso negro y hasta el malayo (que es un bonsái de plantígrado) bastarían para convertir en picadillo a un bípedo parlante. Tienes suerte de estar escribiendo esto; los osos en Kamchatka son como Grizzlies o Kodiack (más grandes aún que los primeros) pero con acento “Tovarich”.

En un ataque de este tipo no suele hacer efecto tratar de espantar al animal; la defensa cuerpo a cuerpo puede servir pero produce lesiones, si se puede es mejor darle en el hocico con algo contundente. Lo efectivo en este caso es “shot to kill”, con el oso tan cerca no procede un tiro de advertencia y herirlo no es ni lo más ético ni lo más seguro: un oso herido es mucho más peligroso. Claro, para disparar tienes que tener un arma. Las armas no son fáciles de llevar en la mayor parte de los países y hay que saber usarlas y tener licencia. Un spray especifico para osos o, si no se consigue, de defensa contra personas (en Rusia los hay) es también operativo a corta distancia. Tiene la ventaja de no matar al animal; la madre con una ráfaga habría reculado. Se ha confirmado un 90% de efectividad con los sprays específicos, aunque teóricamente no pueden llevarse en los aviones y en muchos países deben declararse al entrar, pero en Canadá, por ejemplo, te los venden sin ningún requisito y no merece la pena ahorrarse los 30 euros que vale: casi nunca se usa, pero llegado el caso te puede salvar la vida.

Tras el accidente, la hidratación es ciertamente vital después de perder sangre, aunque debo insistir en que tuviste mucha suerte y tus lesiones pudieron ser tan graves como para no poder esperar una noche o unas horas. En estos casos un teléfono satélite o un localizador pueden salvarte la vida, si es que alguien está disponible para rescatarte…

Está bien que no les tengas rencor, ellos son animales, no tienen nuestra moralina, simplemente sobreviven: matan para comer o defenderse… ya quisiéramos nosotros ser tan civilizados.

La población total de osos pardos es de entre 200.000 y 250.000 ejemplares, distribuidos entre Europa y Asia, gran parte de la mitad oeste de Norteamérica y algunas zonas de Oriente Próximo y Magreb. En España existen alrededor de 200 ejemplares (180 en la Cordillera Cantábrica y unos 20 en Pirineos). Sólo se ha dado un caso de ataque a personas en la última década.

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