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¿Por qué son importantes las expediciones invernales al Himalaya?

9 enero 2018 | Jorge Jiménez Ríos

Hubo un tiempo en que la exploración era el principal motor de la humanidad. Construimos naves para conocer las tierras ignotas más allá de los mares. Apostamos con almas para estudiar las corrientes oceánicas, el esqueleto oculto de los continentes o para rellenar los espacios aún vacíos en los mapas. Cometimos errores. Y, a veces, hasta aprendimos de ellos. Descubrimos culturas, paisajes y conciencias. Compartimos una sensacional meta común. Se forjaron héroes y villanos. Se pasaron al papel algunas de las grandes historias de superación del ser humano y, una vez conquistados los más apabullantes desafíos, nos sumergimos en sus beneficios.

La macro-economía copa hoy en día nuestra visión del mundo, fagocitando noticias mágicas como el descubrimiento de cientos de especies nuevas (400 en la Amazonia en los dos últimos años), devaluando la importancia de nuestro espíritu nómada, reconvertido hoy en pura supervivencia a través de la exploración espacial, de nuestro futuro entre las estrellas, que mucha gente considera una inversión vacua. ¿Viajar a Marte? ¿Explorar Encelado, esa luna de Saturno que podría albergar vida? ¿Enviar naves del tamaño de un chip al sistema de Próxima Centauri?... “¡Hay gente muriendo de hambre en este mundo!”. Sí, y habrá más si no ponemos remedio al expolio de los recursos en nuestro planeta, ejercido por esa minoría que maneja los hilos y cuya batuta sobre nuestras cabezas olvidamos cada lunes, agachados bajo el peso de la rutina, de una crisis mundial o personal, de un resultado de fútbol o de cualquiera de las muchas ofertas alienantes de nuestra sociedad. Esa sombra que se cierne sobre nosotros, esa NADA de La Historia Interminable, sólo será diluida poniendo la mirada en nuevos horizontes. Teniendo fe en el espíritu indomable del ser humano, en su capacidad ilimitada para progresar. Cualquier cosa que podamos soñar, podemos llevarla a cabo. Y todos hemos soñado con un futuro mejor.

Ahora, los desafíos exploratorios en la Tierra se centran más en desentrañar los misterios de nuestra capacidad. Nuestra resistencia. Nuestra pericia. Nuestro valor. Y existen pocos laboratorios más capacitados para llevarnos al extremo que los titanes de roca y hielo del Himalaya. En las próximas semanas Alex Txikon tratará de convertirse en el primero en ascender el Everest en la estación fría y sin oxígeno suplementario. Los polacos, liderados por el incombustible Krzysztof Wielicki–y con la ayuda del kazajo Denis Urubko (uno de los tíos más duros a este lado del Atlántico) – , harán su jugada en el K2, la única cima superior a ocho mil metros que nunca ha sido sometida bajo los indómitos caprichos del invierno. ¿Son estas expediciones importantes para el futuro de todos?

Los polacos Janusz Majer, izquierda, y Jerzy Dudala en los Tatras en los años '70.

Por sus valores
Sólo por el hecho de servirnos de motivación para sortear las murallas que nos impone el día a día, ya valdrían la pena. Pero la brega por las montañas aporta mucho más que eso. El alpinismo es más que un deporte. Esa vaga verdad, que se dice de muchos otros deportes, es en este caso una certeza, basada en la realidad de que no se pone el acento sólo en los resultados. Una retirada puede ser tanto o más épica que una cumbre (véase el caso de Doug Scott y Chris Bonington en el Baintha Brakk). Una operación de rescate, una muestra de solidaridad, una pérdida, un té compartido con los habitantes de las montañas o un simple vistazo a la radiante tenacidad de aquellos que se asoman a los balcones más altos del mundo. Arrojo, disciplina y pasión. Amor por unos escenarios que nos empequeñecen. Humildad. Sacrificio. Una moneda al aire por una conquista inútil. No, el alpinismo no es un deporte, es el espíritu humano desencadenado. Un canto al síndrome de Stendhal. “No es más quien más alto llega, sino aquel que influenciado por la belleza que le envuelve, más intensamente siente”. Son palabras de Maurice Herzog, ya saben, ese francés menudo que se convirtió en el primero en poner sus pies sobre un ochomil, el Annapurna.

Esa matemática de los sueños, esa esperanza vital que se encuentra al clavar el piolet un poco más arriba, o al vigilar la cuerda de un compañero. Los ochomiles han sido la respuesta a la falta de retos en los mapas. Ya no había que ir más lejos, ahora la meta estaba más arriba. Una ofensiva directa a la raíz de nuestras capacidades. Escalar los gigantes asiáticos supuso un desafío exploratorio, casi nacionalista; hacerlo durante el invierno es algo mucho más esencial. Es descubrir de qué pasta estamos hechos.

Los polacos llevan sabiéndolo desde los ochenta, cuando el propio Wielicki inauguraba la lista con el Everest. Sería hermoso que ellos mismos cerrarán el ciclo con el K2. La comunidad alpina se ha concienciado de ello y nadie les disputará la tentativa. Es su montaña, es su historia, surgida de una escapada a la libertad hace cuatro décadas, durante la escalada definitiva de la guerra fría, encontrando refugio en bastiones inexpugnables, batidos por las tempestades de los días aciagos, a la caza de ese sentimiento viejo y profundo que es la victoria. No sobre los demás, sino sobre nosotros mismos.

Sí, las expediciones invernales a los ochomiles son importantes. Nos demuestran que lo imposible es una cuestión de opinión o de tiempo. Que somos capitanes de nuestro sino. Y que cuanto más pequeño hacemos el mundo o el universo, más grandes somos. Un imprescindible grano de arena para nuestro objetivo común como especie. Un ejemplo del hambre del ser humano por ir siempre un paso más allá.

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