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Una estirpe de altura

8 noviembre 2017 | Simón Elías

La casa de Zian Charlet está al fondo del valle de Chamonix, en un pequeño barrio de la población de Argentière, a apenas tres o cuatro kilómetros en línea recta de la frontera con Suiza. La nevada reciente de los últimos días hace que no sea fácil encontrar el camino entre los edificios de madera junto a la estación de tren de Mont Roc. La nieve llega a la altura de las ventanillas de nuestro pequeño Fiat Panda, en el interior los cristales se empañan por la condensación y hay que frotar constantemente el parabrisas para despejar una mirilla a modo de  periscopio. Zian nos espera en el exterior de su casa, le hemos llamado tantas veces por teléfono que ha preferido salir al gélido exterior, encender un cigarrillo y esperar con paciencia. Es alto, delgado y tiene la nariz recta y puntiaguda tan característica de la familia Charlet. Lleva una chaqueta de paño gris, uniforme de gala de la Compañía de guías de Chamonix, el pelo alborotado y levantado hacia el cielo como la cresta de un pájaro carpintero y nos mira con media sonrisa después de dar una calada a su cigarro. Tiene un aire rebelde en la mirada y los ojos le brillan como si hubiese jugado al póker, y ganado, hasta altas horas de la noche.

Cuando entramos en su casa lo primero que nos sorprende son las gruesas vigas de madera sobre las que se asienta el techo. Hemos ascendido por unas escaleras llenas de botas y zapatillas de niños y adultos y llegamos a la parte alta de la vivienda; “mi refugio” dice Zian, que heredó su nombre del apodo patois de su bisabuelo Jean-Camille Charlet. En una de las vigas hay una inscripción que dice 1898 y da cuenta de los años en que Jean-Camille Zian y su padreconstruyeron el chalet, cuando la vida era un ejercicio de dureza en el valle de Chamonix. Michel Charlet, el padre de Jean-Camille, debía caminar dos horas para ir a buscar hierba para los animales en los márgenes del glaciar de Argentière; la esposa de Michel, bisabuela de nuestro Zian actual, murió a los 61 años mientras bajaba una carga de heno entre las rocas del collado de Montets. Eran otros tiempos comparados con la vida actual de Zian Charlet con sus siete meses año trabajando en la montaña con clientes de todo el mundo, su participación benévola como vicepresidente en la Compañía de guías de Chamonix, la ayuda en el refugio regentado por su madre en las faldas de la estación de esquí de Grands Montets y su familia dentro de un chalet mantenido a 20 grados por la calefacción.

El momento clave de la visita llega cuando Zian saca un maletín con los cuadernos de montaña de su abuelo Armand Charlet, considerado por la opinión alpina como el “mejor guía francés de todos los tiempos”. Armand cambió el concepto del día de trabajo en la montaña y realizó con sus clientes ascensiones de gran dificultad y compromiso para la época. Imagino que algunos clientes huirían despavoridos de la imponente presencia de Armand y sus grandiosas intenciones. Repasando su cuaderno de ascensiones encontramos la que relata su escalada número cien a su montaña fetiche: la Aiguille Verte de 4122 metros de altitud, descrita con la parquedad que le caracterizaba. Según su biógrafo y cliente Douglas Busk, en aquella primera mitad del siglo XX en la que reinó Armand en el macizo del Mont Blanc realizó 3000 ascensiones con 1200 clientes o amigos. Sus ascensiones incluyen, además de las cien cumbre en la Verte realizadas por catorce rutas diferentes de las que siete fueron nuevas; 72 de la Aiguille du Grepon, 56 del Chardonet por siete rutas diferentes, 39 del Mont Blanc y 22 de los Drus, incluyendo la primera ascensión invernal.

Sobre la mesa, entre las tazas de café humeante, están los crampones de Armand, su piolet de madera, su carnet de guía y sus cuadernos. Siento como pasa ante mis ojos la historia del alpinismo, siento los golpes de piolet de Armand tallando peldaños para sus clientes en las paredes heladas de la Verte; casi le puedo oír, duro y recio, diciéndole a su gente que no les tensará la cuerda, que tendrán que escalar por ellos mismos y, sobre el paso difícil, gritando ¡pas comme ça!. Armand Charlet tan duro como el granito de Argentière, abstemio y taciturno. Zian Charlet a mi lado, dos generaciones después, encendiéndose un cigarro y descorchando la botella de vino que le hemos traído. La raza mejora, sin duda.

Charlet, Armand. Vocation alpine. Éditions Hoëbeke. 1998

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